Los mejores periodistas son los mejores lectores

Para ejercer la libertad de pensamiento, de opinión, expresión y difusión, es necesario que los comunicadores sociales o periodistas cultiven el hábito de la lectura de por vida, garantía ésta de un enciclopédico bagaje cultural y educativo .

Sunday, June 13, 2010



El mutualismo comunitario, socio preterido(*)
Dr. Carlos Díaz Hernández
Profesor principal de la Universidad Complutense de Madrid


Buena sociedad es aquella en la cual las personas se tratan mutuamente como fines en sí mismas y no como meros instrumentos; como totalidades personales y no como fragmentos; como miembros de una comunidad, unidos por lazos de afecto y compromiso mutuo, y no sólo como empleados, comerciantes, consumidores o, incluso, conciudadanos; alimenta las relaciones yo-tú, aunque reconoce el inevitable papel de las relaciones yo-cosas (yo-ello).
Para lograr una buena sociedad se requiere de cada persona una revitalización del interés por la vida pública, de manera que esa amplia mayoría de ciudadanos que se presenta como algo ajeno y muy distante (en el mejor de los casos, como mera adscripción a un partido) sea recuperada. Reciprocidad: cada miembro de la comunidad debe algo a los demás y a la inversa.
El mutualismo es una forma de relación en que las gentes se ayudan unos a otros: patrullas de vigilancia vecinal, cooperativas de consumo y producción, sociedades de ahorro comunitario, gestoras de inquilinos, guarderías, suministro de cuidados de enfermos, etc., siempre que no tengan ánimo de lucro. Los grupos de apoyo mutuo (falsamente denominados de «auto-ayuda») pueden tener un papel decisivo en la lucha contra el cáncer, las enfermedades contagiosas, el alcoholismo (Alcohólicos Anónimos), la obesidad, y alimentan las relaciones basadas en fines (Yo-Tú), mientras que el mercado en medios (Yo-cosas).
Las comunidades proporcionan lazos de afecto y una cultura moral compartida que se transmiten de generación en generación día a día. Se compone de muchos de esos ratos que pasamos juntos después de comer, de conversaciones en bares, en desplazamientos, en el trabajo y en los medios de comunicación, charlando sobre cuestiones con repercusiones morales, etc. Estos dos rasgos las distinguen de los grupos de interés o lobbies, que carecen de lazos de afecto y de cultura compartida.
No hay que pensar ingenuamente que las comunidades hayan de ser necesariamente lugares de amor fraterno; en realidad, pueden ser opresivas, intolerantes. A pesar de todo, quienes gozan del calor de las comunidades viven más tiempo y con menos enfermedades psicosomáticas y problemas mentales; con sus ansias de sociabilidad bien saciadas, resultan mucho menos propensos a unirse a pandillas violentas, sectas seudo-religiosas o grupos para-militares. El aislamiento social llega a ser peligroso apra la salud mental, pues el 60 % de los neoyorquinos que viven solos en apartamentos de rascacielos presentan problemas psiquiátricos leves, y el 20 % graves; los ancianos que viven solos, que carecen de amigos, o que tienen malas relaciones con sus hijos, son un 60 % más propensos a desarrollar demencia senil que aquellos cuyas relaciones sociales son más satisfactorias.
Ahora bien, esto no debería considerarse un intento de reemplazar al Estado; por el contrario, precisamente en la medida en que las comunidades contribuyan a reducir la carga que soporta el Estado, estarán contribuyendo a preservarlo. En la relación comunidad-Estado, éste último debe ser un posibilitador y un catalizador de aquélla, en lugar de ser él mismo quien dirija y financie los programas sociales, razón por la cual su estilo de gestión habrá de ser horizontal y no jerárquico, basado en las redes de trabajo, y no directivo. Las políticas públicas y los convenios que tratan de organizar el mutualismo como si fuera un mero intercambio tiende a socavar su fundamento moral. Ejemplo de esas políticas públicas desnaturalizadas son los «bancos de tiempo», en los que las horas empleadas en el cuidado de niños, por ejemplo, son contabilizadas, de manera que las mismas puedan ser recuperadas a cambio de otros servicios. Hay una enorme posibilidad de desarrollo: no sólo las personas (jubilados, etc.), sino también las comunidades más prósperas tendrán ahora ocasión de preocuparse del destino de otras menos prósperas. En el extremo, se trataría de promover un fondo común universal de tal modo que no resultase demasiado utópico esperar que la gente estuviera dispuesta a hacer por cualquiera tanto como por su propia comunidad.
Todo tiene sus límites. Como mínimo el Estado debe hacerse cargo. Nadie puede verse privado completamente de la asistencia, ni abandonado en la calle incluso cuando se niegue a trabajar, asistir a clases de formación, o desempeñar servicios comunitarios compensatorios. Si alguien abusa del sistema, una buena sociedad considerará esto como el precio insignificante que hay que pagar para no negar a nadie su condición de ser humano.
Por otro lado, también hay que limitar el poder de las comunidades si éstas oprimen a individuos o minorías: por ejemplo, cuando las comunidades de inmigrantes proponen acordar un matrimonio entre personas con una gran diferencia de edad, donde el consentimiento mutuo es muy dudoso, o cuando se acepta la mutilación sexual femenina, o el trabajo infantil, o las relaciones mafiosas intraclánicas, etc. Sobre las cuestiones que conciernen a los derechos humanos básicos, la última palabra no deberá tenerla ninguna comunidad. A veces nos están conferidos poderes, pero nos está prohibido servirnos de ellos.
(*) Diaz, Carlos. Ciencia y conciencia: hacia una buena sociedad.KADMOS, Salamanca, Madrid, 2008:79 y 80).

No comments:

Post a Comment